
En México, la política parece más un negocio lucrativo para unos pocos que un servicio público para el bienestar de la sociedad. Los partidos y políticos compiten no por quién puede mejorar la vida de la gente, sino por quién puede acumular más poder y riqueza personal.
Las promesas de campaña son mentiras disfrazadas. Una vez en el poder, los políticos entran en una red de corrupción y favoritismos que benefician a ellos y a sus allegados, mientras que la mayoría de la población sigue luchando por acceder a servicios básicos de calidad y oportunidades económicas.
Aunque los escándalos de corrupción se destapan, pocos son los responsables que realmente enfrentan consecuencias. La falta de rendición de cuentas permite que los políticos corruptos sigan enriqueciéndose a expensas del pueblo, sin temor a enfrentar la justicia.
Mientras tanto, los ciudadanos se ven atrapados en un ciclo de desconfianza y desesperanza. Cada nueva elección trae consigo la ilusión de un cambio, pero demasiadas veces se convierte en más de lo mismo: promesas vacías y decepción.
La realidad es que la política en México está lejos de ser un juego limpio. Es un sistema viciado que beneficia a unos pocos privilegiados mientras deja al resto de la población en el olvido. Es hora de que los ciudadanos exijan un cambio real, un cambio que ponga fin a esta triste realidad y que ponga el verdadero bienestar de la sociedad en el centro de la agenda política.